Me resulta muy difícil, quizá irresponsable, quedarme al margen de todos los atropellos ocurridos, cada cual más cínico que el anterior, en relación al conflicto creado en Catalunya. Algunos editoriales califican de cerriles y demagogos a ambos bandos de la contienda. Lo que no sorprende es que estos adjetivos son intercambiables. Cerriles unos y demagogos otros, o viceversa.

El mundo siempre ha estado agitado. Si no ha sido por unas cosas, ha sido por otras. Inclusive cuando gobernantes cínicos han creído que podían poner orden. Hoy día, condenamos a la historia al ostracismo, y espetamos sin pudor alguno que el mundo se está volviendo loco. Nos quedamos más anchos que largos. Vivimos en el caos, sí. Pero la humanidad siempre lo ha hecho.

Eran las dos de un mediodía cualquiera. Como de costumbre en Valencia durante el invierno, el sol azotaba al frío e intentaba, esta vez sin mucho éxito, someterlo. Salí de la boca del metro, en dirección al portal de mi edificio. No obstante, algo no era como de costumbre. Algo no estaba en su sitio. Así que volví la cabeza sobre mis pasos y allí, a unas decenas de metros, en la bocacalle, un murmuro llamó mi atención. Un grupo -bastante heterogéneo- de personas cuchicheaba dirigiendo su mirada hacia lo alto de un edificio. Me acerqué, sin otra pretensión que conocer lo que ocurría.

Tienes toda la razón. La gente no sabe votar. Es que no todo el mundo debería poder votar. Los resultados de las elecciones estadounidenses son el perfecto retrato de una sociedad inculta. Yo, sinceramente, no sé en qué pamplinas estaría pensando el trabajador de Ohio para votar al impresentable del flequillo —este no lleva coleta—. Le han lavado el cerebro, sin duda. Y yo solamente encuentro dos posibles causas para cometer tal disparate: o estás loco o eres tonto.

La ciudad hacía vida habitual de un sábado cualquiera: los turistas, en grupos, retrataban momentos y lugares, pequeños y mayores reían en los bares y en los establecimientos de comida rápida, los autobuses abocaban a la calle una nueva oleada de potenciales compradores de ropa mientras un puñado de extravagantes jóvenes yacían, sin otro quehacer que estar, en la entrada al vestíbulo de la estación de trenes. El típico vivir de una ciudad grande como Valencia en el siglo XXI. Pero la vida de una ciudad también tiene lugar bajo tierra. El trajín subterráneo es comparable al que se desarrolla a lo largo de las calles, y en algunos casos, es mucho más agitado. Es allí abajo donde, durante la tarde de un sábado cualquiera, tuvieron lugar los hechos que aquí abajo relato. Creo necesario advertir de la posible crudeza de la redacción.

¿Conocéis a esa persona que es capaz de sacar de vosotros lo peor? Es probable que su intención se otra muy distinta. Pero la realidad demuestra que consigue hacer despertar en vuestro interior las peores bajas pasiones de cualquier ser humano. Hay que pedir el divorcio con esas personas y, si es posible, de forma impostergable. Yo le he pedido el divorcio al fútbol. Lejos quedan aquellas noches en las que compartíamos cada suspiro. Lejos quedan aquellas sonrisas y aquellas alegrías de fin de semana.