La ciudad hacía vida habitual de un sábado cualquiera: los turistas, en grupos, retrataban momentos y lugares, pequeños y mayores reían en los bares y en los establecimientos de comida rápida, los autobuses abocaban a la calle una nueva oleada de potenciales compradores de ropa mientras un puñado de extravagantes jóvenes yacían, sin otro quehacer que estar, en la entrada al vestíbulo de la estación de trenes. El típico vivir de una ciudad grande como Valencia en el siglo XXI. Pero la vida de una ciudad también tiene lugar bajo tierra. El trajín subterráneo es comparable al que se desarrolla a lo largo de las calles, y en algunos casos, es mucho más agitado. Es allí abajo donde, durante la tarde de un sábado cualquiera, tuvieron lugar los hechos que aquí abajo relato. Creo necesario advertir de la posible crudeza de la redacción.

¿Conocéis a esa persona que es capaz de sacar de vosotros lo peor? Es probable que su intención se otra muy distinta. Pero la realidad demuestra que consigue hacer despertar en vuestro interior las peores bajas pasiones de cualquier ser humano. Hay que pedir el divorcio con esas personas y, si es posible, de forma impostergable. Yo le he pedido el divorcio al fútbol. Lejos quedan aquellas noches en las que compartíamos cada suspiro. Lejos quedan aquellas sonrisas y aquellas alegrías de fin de semana.