Siempre he pensado que la actualidad es caprichosa. Esperarla es una pérdida de tiempo y cuando te sorprende puede pillarte en medio de cualquiera de tus quehaceres. De cualquiera. También de los más obscenos, espirituales o festivos, por qué no decirlo. Siempre lo he creído porque la trinchera del espectador es así, ingenua. La actualidad es en realidad de todo menos caprichosa. Al menos para el que la manipula muy a menudo.

Hubiera sido desternillante presenciar aquella situación. Era una fría tarde en la Francia de 1896, en un céntrico local de billares de París, no muy amplio. Allí los todavía poco conocidos Hermanos Lumière presentaron su artilugio, capaz de convertir los sueños en proyecciones con movimiento. Allí presentaron uno de sus primeros films, el empujón definitivo al que posteriormente se calificó como ‘séptimo arte’. L’arrivée d’un train à La Ciotat –en español, La llegada de un tren a La Ciotat,– revolucionó la esfera cultural del momento.