"¿Hubo jamás un pueblo como éste, cuyos dirigentes hubieran sido hasta ese punto sus propios enemigos?"
.- Ernest Hemingway en Por quién doblan las campanas

Siempre he pensado que la actualidad es caprichosa. Esperarla es una pérdida de tiempo y cuando te sorprende puede pillarte en medio de cualquiera de tus quehaceres. De cualquiera. También de los más obscenos, espirituales o festivos, por qué no decirlo. Siempre lo he creído porque la trinchera del espectador es así, ingenua. La actualidad es en realidad de todo menos caprichosa. Al menos para el que la manipula muy a menudo.

"Por razones que no se me alcanzan, he encontrado siempre en el acto sexual una cierta similitud con la muerte"
.- Luis Buñuel

Hubiera sido desternillante presenciar aquella situación. Era una fría tarde en la Francia de 1896, en un céntrico local de billares de París, no muy amplio. Allí los todavía poco conocidos Hermanos Lumière presentaron su artilugio, capaz de convertir los sueños en proyecciones con movimiento. Allí presentaron uno de sus primeros films, el empujón definitivo al que posteriormente se calificó como ‘séptimo arte’. L’arrivée d’un train à La Ciotat –en español, La llegada de un tren a La Ciotat,– revolucionó la esfera cultural del momento.

Hay dos contenidos a los que España está enganchada: a los talent shows y a las series. En consonancia con los demás países occidentales, estos géneros gozan cada vez de mejor acogida. Aquí, como siempre, con demora, pero también. Tanto que hasta la política ha adoptado sus fórmulas y ha llegado a florecer el talent político por capítulos. La berlanguiana telenovela puigdemontiana es prueba de ello. Cada capítulo, un intento de superar el despropósito anterior. Las series, a la vista está, son moda. Y la moda, es noticia.

Hay un espacio vacío en el que nadie se fija. Entre ideas y entre banderas, existe una burbuja en la que parece que no corre el aire. Desde aquí se ve todo, o casi todo. Estás en el centro, y estás a la vista, pero desde aquí eres completamente etéreo, como el oxígeno. Este misterioso lugar, aparentemente tranquilo, está cercado por cientos de personas poco apacibles. O eso es lo que se percibe desde aquí. Estás lejos de ellos, a varios metros, pero su voz te hace sentir muy cerca. A tiro de piedra. Y oye, la manía que tienes de tragar saliva cuando piensas en ello. Miras a un lado y a otro, y caes en que sólo te acompaña tu respiración.