Ya estamos acostumbrados

Hay dos contenidos a los que España está enganchada: a los talent shows y a las series. En consonancia con los demás países occidentales, estos géneros gozan cada vez de mejor acogida. Aquí, como siempre, con demora, pero también. Tanto que hasta la política ha adoptado sus fórmulas y ha llegado a florecer el talent político por capítulos. La berlanguiana telenovela puigdemontiana es prueba de ello. Cada capítulo, un intento de superar el despropósito anterior. Las series, a la vista está, son moda. Y la moda, es noticia.

Esta semana ha retumbado con fuerza la polémica protagonizada por la estrella de House of Cards, Kevin Spacey. Justo ahora que me había enganchado a la serie, ronca la mandarina. Resulta que el actor intentó abusar sexualmente del también actor —sí, masculino también— Anthony Rapp hace más de tres décadas, cuando este era un adolescente. No ha llovido casi, casi que ni el propio Spacey se acuerda. Alega que aquella noche estuvo borracho, por lo que pide disculpas si ocurrió lo que se dice que ocurrió.

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Anthony Rapp

Me preocupan ferozmente varias aristas de la información. Obviamente el intento de abuso, pero más todavía que hayan tenido que pasar 30 años para que se descubriese el pastel. Seguramente habrá sido suficiente para que germine en Anthony algún tipo de perturbación. La adolescencia es época, ya de por sí, agitada, como para vivir en Hollybood y, encima, encontrarse ante esta situación.

A raíz del escándalo, Spacey ha anunciado su orientación sexual —que, oye, quién lo diría, con lo templao que interpreta al congresista estadounidense . Como si nos interesase. Y cuando el objeto de discusión es un poco honorable acoso sexual, los agujeros que le van a nuestro protagonista resultan —o deberían resultar— baladí.

Eso sí, no voy a caer por hipócrita, como otros. Lo más perjudicable, la suspensión de la serie por parte de Netflix. Al menos para un servidor, que ya estaba imbuido en el hilo argumental de House of Cards. Que el público no es culpable del acoso, lo sabemos todos. Pero tendremos que apechugar por las imprudencias de otros. Aunque a eso, en España, ya estamos acostumbrados.