En tierra de nadie

Hay un espacio vacío en el que nadie se fija. Entre ideas y entre banderas, existe una burbuja en la que parece que no corre el aire. Desde aquí se ve todo, o casi todo. Estás en el centro, y estás a la vista, pero desde aquí eres completamente etéreo, como el oxígeno. Este misterioso lugar, aparentemente tranquilo, está cercado por cientos de personas poco apacibles. O eso es lo que se percibe desde aquí. Estás lejos de ellos, a varios metros, pero su voz te hace sentir muy cerca. A tiro de piedra. Y oye, la manía que tienes de tragar saliva cuando piensas en ello. Miras a un lado y a otro, y caes en que sólo te acompaña tu respiración.

Porque tú no vas con nadie. Tu sólo eres ojos, oídos y palabra. Pero a juicio de los cientos, hay ojos demasiado curiosos, oídos demasiado afinados y palabras demasiado concisas. Por eso, la tranquilidad de ese lugar inquieta. Y es que entre tú y ambas facciones a cada lado, coexisten dos barreras negras, que nunca sabes si te van a proteger o a embestir. Porque cuando los palos son orden, ni las banderas ni las cámaras son escudo.

Cuando te encuentras aquí, los improperios se convierten en la regla. Las mandíbulas desencajadas son el mejor de los paisajes e incluso las amenazas suenan a carantoña. Curiosamente, y sin que sirva de precedente, te das cuenta de que es una bandera la que insulta e intimida. La otra responde. Y tú, al que las banderas siempre le parecieron buen ornamento pero vacío argumento, tratas de apuntar en tu hoja mental cada una de las ofensas que caen a tus pies, como flechas mal lanzadas. Ni te molestas en esquivarlas.

Todo este rompecabezas, que de alguna forma te otorga una arriesgada seguridad, se hace añicos cuando este reservado espacio deja de reservarse. Cuando las hienas de alguno de los dos bandos consiguen romper el cerco, las barreras se agitan, algunas porras salen a bailar y las persecuciones anárquicas aparecen como nuevo orden. Agarrones, patadas, puñetazos y escupitajos sustituyen a los argumentos previos —¿había alguno más allá de telas?—. Y tú te pierdes en mil tareas. Actualizas los ajustes de tu cámara, persigues la escena tratando de no tropezar, y aprietas el gatillo tras enfocar, siempre mirando de reojo por si alguna zarpa más suelta pretende darte alguna lección correccional. Y decides volver a tu lugar. Que se apañen los de las galletas. Y allí recargas tus energías. Las que te dejan.

Y ves, entre algunos colorines, a una de las tuyas. De las que tienen ojos demasiado curiosos, oídos demasiado afinados y palabras demasiado concisas. Pero no está tranquila, algo le perturba y te acercas. ¡Acabáramos! “¿Por qué me grabas? ¡Me he quedado con tu cara! Como vea mi fotografía por ahí te busco”, le profiere una cincuentona bastante vital, mientras sujeta bajo el sobaco una rojigualda de bolsillo y con la otra mano agarra fervorosa a esa de las mías. Mi compañera no dice nada, simplemente intenta deshacerse de la alterada, cuyo marido no sólo no la frena, sino que se une a la agresión y grita nosequé.

Y claro, a apenas un metro del espectáculo, te paras a pensar qué hacer. Si acercarte e intentar explicar a alguien que no razona que tu compañera graba porque es su trabajo o esperar a que los zarandeos se recrudezcan y ella acabe en el suelo mientras se ganaba el pan. Decides finalmente intervenir y separarlos con pasmante tranquilidad. Acabas razonando con quien sabías que no te iba a acompañar. Y no tarda en golpearte ese “¡Contigo no estoy hablando!”. Pero ya no importa, porque es tu compañera el motivo de tu preocupación. Te giras hacia ella entre la muchedumbre hostil y, no con aires paternalistas, le colocas la mano en el hombro. A lo que su respuesta es que está bien, que gracias.

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Tras ello, unos avanzan escoltados por el camino previsto. Los otros les siguen, desde fuera. La algarabía no cesa, ni tiene intención de hacerlo. Pero ahora, al menos, no hay contacto físico. Y desde dentro de la procesión, escuchas: “los nuestros ya están todos juntos con nosotros”. Y certificas que hay un ellos y un nosotros. Que la batalla es real y que tú, por suerte o por desgracia, no estás en ninguno de esos grupos. Tú eres tú y quien quiera ayudarte. Y te obligas a ello, porque así tienes que contar las cosas.

Y llega un momento donde una bandera empieza a quemarse y a ser desgarrada y pisoteada. De nuevo recuerdas que a ti las banderas ni te van ni te vienen. Pero dejas pasar eso de que no entiendes tanto fervor por esos trapos y te centras en captar el instante. Tú y otros de los tuyos, con esa misma maquinita, con la misma intención, acabáis haciendo un círculo entorno a tal exhibición. Llamémosle entrenamiento, porque la tela no arde ni con media decena de llamas. Y en uno de esas que aparece un vozarrón por la espalda. “¡Venga venga, tanto periodista! ¡Contadlo con palabras y dejadme pasar, que traigo mecheros buenos!”. La incredulidad te supura a medida que los empujones acaban por vapulearos.

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Y cuando todo termina, recuerdas ese emplazamiento. Ese en el que te has encontrado físicamente al principio, pero en el que te has sentido a lo largo de toda la batalla. Ese lugar que sólo conocéis tú y los tuyos, porque estáis obligados a conocerlo. Porque sin esos metros cuadrados de desordenada calma, no podríais contar estos litros de tinta inquieta. Ese lugar es el que ocupamos yo y los míos, los periodistas. Ese en el que nadie nos sitúa y por el que nadie tiene aprecio. Esa tierra de nadie.