Violencia metrista

La ciudad hacía vida habitual de un sábado cualquiera: los turistas, en grupos, retrataban momentos y lugares, pequeños y mayores reían en los bares y en los establecimientos de comida rápida, los autobuses abocaban a la calle una nueva oleada de potenciales compradores de ropa mientras un puñado de extravagantes jóvenes yacían, sin otro quehacer que estar, en la entrada al vestíbulo de la estación de trenes. El típico vivir de una ciudad grande como Valencia en el siglo XXI. Pero la vida de una ciudad también tiene lugar bajo tierra. El trajín subterráneo es comparable al que se desarrolla a lo largo de las calles, y en algunos casos, es mucho más agitado. Es allí abajo donde, durante la tarde de un sábado cualquiera, tuvieron lugar los hechos que aquí abajo relato. Creo necesario advertir de la posible crudeza de la redacción.

La céntrica estación de metro de Colón continuaba viendo pasar a la gente, como un sábado cualquiera. Adultos, adolescentes, niños y ancianos esperaban. Algunos sentados, otros de pie. Entre estos últimos, servidor. Todo habría sido habitual y rutinario de no haber sido por los gritos que empezaron a resonar por todo el andén y que llenaron, en un momento, el vacío de las vías. El responsable era un hombre adulto que aparentaba ciertos treinta o cuarenta. «¿Quieres callarte? ¡Puta, que eres una puta!» fue lo primero que saqué en claro de sus impulsivos bramidos. Cuando mi vista pudo localizar la situación, pronto comprendí lo que ocurría. Una mujer, se mantenía cabizbaja al lado, aguantando el chaparrón que le dirigía el impresentable. «¡Mírame a los ojos cuando te hablo, y en vez de llorar, mueve ese culo gordo que tienes!». La mujer era incapaz de levantar la vista, supongo que en un intento de querer desaparecer de la escena y, quién sabe, es posible que  también de la vida.

Las manos del machito, en tensión, señalaban a la mujer. La señalaban. Porque ella es la culpable de la escena. Es ella. A veces con el dedo índice, a veces con la mano abierta, a veces con el puño cerrado. «¡Si sigues llorando vamos a acabar mal!», espetaba con agresividad. Al fin y al cabo, la culpa, con sangre entra. Poco a poco el animal se acercaba a la mujer, que, por su parte, también hacía intentos nulos de alejarse con pasos de hormiga hasta que se topó con la pared.

La incredulidad que yo sentía se hizo pública. Transcurrieron unos minutos que, al menos para mí, se hicieron eternos. Los padres se llevaban a los hijos al otro extremo del andén. Un grupo de adolescentes miraba y comentaba, algunos de ellos bajaban la cabeza y soltaban media sonrisilla, como si quisieran quitarle hierro al espectáculo. Algunos de los que se encontraban cerca se apartaban con disimulo para dejar claro que esto no iba con ellos. Ni con ellas. Eso sí, nadie apartaba la mirada del concierto de voces. La incredulidad y la pasividad iban de la mano. ¿Qué fue? ¿Fue miedo y cobardía lo que nos impidió intervenir? ¿Fue, quizás, la idea equivocada de que son cosas de pareja? ¿Fue la posibilidad de empeorar la escena? ¿O quizás solo fueron las ganas de desentendernos y de seguir con nuestras vidas? No puedo dar una respuesta clara, pero lo cierto es que nadie reaccionó. Si bien habría medio centenar de personas en la estación —con sus cien ojos clavados en el teatro—, la respuesta fue homogénea y unánime: ninguna.

Quiero resaltar que yo tampoco conseguí reaccionar. Solo miraba, mientras mi respiración se aceleraba de la impotencia. Pero no, yo tampoco hice nada. Fuimos cobardes. Todos y cada uno de los presentes. Una inacción insultante y vergonzosa ante lo acaecido. Ahora recuerdo esos instantes y, mientras escribo estas líneas, la vergüenza me agita el pulso. Vergüenza y desprecio hacia mí. Por haber callado y haber colaborado con el violento, en lugar de echarle una mano a la mujer, indefensa. Por haber estado hablando de feminismo y de la lacra del machismo para, cuando me encuentro en una situación tal, acabar actuando así. El arrepentimiento también es máximo. No sé si el resto de los testigos pudieron seguir con su atareada tarde de sábado con una sonrisa. Lo que yo puedo decir es que volver hasta casa desde la estación de Colón fue un verdadero camino de la vergüenza, en el que la ansiedad y los constantes juicios respecto a mi actuación fueron los protagonistas.

Me gustaría hacer un inciso dedicado a todos aquellos que siguen manteniendo que «la violencia no tiene género». Las mujeres son acosadas, violadas, maltratadas y discriminadas por el simple hecho de haber nacido con una vagina. Al igual que los homosexuales lo son por sus gustos sexuales, y los negros, por su color de piel. Todos aquellos que lo siguen denominando violencia doméstica y que se niegan a aceptar la realidad de la violencia machista ahora lo llamarán violencia metrista, ¿no?

¿Que cómo finalizó la escena? Se fueron. Y ya está. Cogieron el metro y se marcharon. Bueno, él se fue, ella le siguió callada, sumisa. Subieron al metro y nuestras vidas continuaron. La vida de la mujer también continuó, hasta que algún día deje de continuar. La ciudad hacía vida habitual de un sábado cualquiera. La mujer hacía vida habitual de todos los días. Vida que cincuenta personas fuimos incapaces de transformar. Cobardes.

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