Le he pedido el divorcio al fútbol

¿Conocéis a esa persona que es capaz de sacar de vosotros lo peor? Es probable que su intención se otra muy distinta. Pero la realidad demuestra que consigue hacer despertar en vuestro interior las peores bajas pasiones de cualquier ser humano. Hay que pedir el divorcio con esas personas y, si es posible, de forma impostergable. Yo le he pedido el divorcio al fútbol. Lejos quedan aquellas noches en las que compartíamos cada suspiro. Lejos quedan aquellas sonrisas y aquellas alegrías de fin de semana.

Quien haya asistido a un campo de fútbol domingo tras domingo —incluso algún miércoles o jueves ocasional— habrá podido comprobar que lo que a primera vista podría parecer una grada de aficionados ávidos de entretenimiento, durante un encuentro se convierte en una jaula de descontrolados primates anacrónicos —o quizás no tanto—, cantautores de las frases más ofensivas y faltonas que se hayan podido escuchar jamás. Entre ellas se encuentran acentuados comentarios machistas como ‘¡Corres como una señorita!’, además de los cargantes, homófobos, y aberrantes bramidos ‘¡Maricón!’ propios de conciencias alienadas que banalizan el insulto y la burla hasta límites vergonzantes. Actitudes características de irracionales animales que ignoran qué hay detrás de todas las barbaries que sueltan por sus bocazas. Aunque, en realidad, esto es solamente una pequeña parte de todo lo que se puede presenciar en tales recintos. Insultos, golpes, gritos —alaridos, mejor dicho—, odio —en muchos casos pasajero, pero odio—, y conglomerados de ultras que generalmente introducen radicales posicionamientos políticos cuyas muestras se llevan a cabo bajo la agresividad y una más que probable enajenación mental. Es posible que en la entrada al estadio haya un recipiente donde dejar los valores, pero no me he percatado de ello, y es por tal hecho que me planteo si los campos de fútbol son el reflejo de esta nuestra sociedad enferma. No me cuesta mucho llegar a una conclusión afirmativa. Me he dado cuenta de que, al igual que el fútbol es capaz de hacer a una persona volar, también lo es de sacar sus demonios interiores.

Sin embargo, no es solo tal razón por la que me he dado cuenta de que yo y el fútbol hemos dejado de congeniar. Además, la similitud entre el fútbol y el circo romano es sencillamente inevitable. Los llamados noxii celebrados en los circos, en los que un animal salvaje ejecutaba de forma cruenta a diversos prisioneros al mismo tiempo que el graderío festejaba el espectáculo, se han convertido en una versión mucho más light del entretenimiento de masas. A pesar de las evidentes distancias que guardan ambos estilos, el poso se mantiene. El control social ejercido a través de formatos como el fútbol y el circo inocula en el espectador y en el seguidor habitual la dosis necesaria de alienación que, les guste o no a los fervientes fans, mantiene ocupada a cientos de miles, incluso a millones de personas en nuestro país, alejándolos así de la reflexión necesaria para la comprensión adecuada de nuestro mundo y de la capacidad de reacción de sus conciencias. Sin hablar de la enorme cantidad de periodistas y recursos dedicados —más bien desperdiciados— a cubrir el espectáculo. El fútbol es, en definitiva, la versión 2.0 de la segunda parte del Panem et circenses romano. Me he dado cuenta de que el fútbol tiene una querida. Nos engaña con el poder.

Asimismo, fruto del provocado éxito de este deporte, el capital, ese yonki del beneficio sin fin, no se podía mantener al margen. El capital mercantiliza todo lo mercantilizable, tu entretenimiento no iba a ser menos. Incluso compra y vende tus ilusiones. Probados están los chanchullos que existen en las altas esferas de la FIFA e incluso las corruptelas extendidas hasta los niveles más bajos de este deporte. Además, la estructura financiera y económica mundial está organizada para ofrecer barra libre a los clubes, cuya deuda alcanza límites estratosféricos sin que sean intervenidos por ninguna entidad bancaria; al mismo tiempo que tu vecino del cuarto cae en una depresión por su incapacidad para pagar el alquiler. Y es que, me he dado cuenta de que el fútbol es un delincuente que incluso tiene cuentas en Panamá. ¡Y yo sin enterarme hasta ahora!

Es por todo ello por lo que esta mañana me he desplazado hasta el Juzgado y he presentado la demanda de divorcio. No quiero seguir participando del odio, de la alienación, de la extorsión ni del capital. Al menos en este campo. Y espero poder hacerlo en muchos más. Le he pedido el divorcio al fútbol.

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